Autonomía para aprender y autonomía para vivir
Este documento trata la función de la educación como formadora de personas capaces de vivir y convivir en democracia, respetándose a sí mismos y respetando a los demás. Personas capaces de colaborar en un proyecto común con otros iguales o de diferentes creencias u opiniones.
Para lograr ese objetivo la educación debe fortalecer la capacidad de los alumnos de gobernar inteligentemente sus emociones. Esto implica desarrollar la autonomía moral, la que se sustenta en la autonomía de la voluntad, facultad que corresponde al orden moral.
Para ser autónoma, la persona debe ser libre y para ello debe ser capaz de superar la ignorancia, el determinismo genético y social, así como los instintos.
Educar en libertad no es sólo formar personas capaces de hacer cosas por sí solas, sino que debe formárseles autónomas, capaces de una convivencia democrática, lo que implica la aceptación y no la negación del otro. Los niños y jóvenes deben crecer valorándose a sí mismos, sintiendo que valen por lo que son y no por lo que tienen.
La educación se enfrenta a la difícil tarea de desarrollar la autonomía personal en una sociedad que estimula la competitividad, el individualismo, el tener, el egocentrismo, lo que se contrapone a un ser autónomo capaz de integrarse armónicamente en una sociedad más humana.
En cuanto a la acción, el educador debe tener rigor y elasticidad, para no ahogar la autonomía que pretende desarrollar en sus alumnos.
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